Archivo de la categoría: Cuentos infantiles

CORAZÓN DE CEBOLLA


Había una vez un huerto lleno de hortalizas, árboles frutales y toda clase de plantas. Como todos los huertos, tenía mucha frescura y agrado. Por eso daba gusto sentarse a la sombra de cualquier árbol a contemplar todo aquel verdor y a escuchar el canto de los pájaros. Pero de pronto, un buen día empezaron a nacer unas cebollas especiales. Cada una tenía un color diferente: rojo, amarillo, naranja, morado… El caso es que los colores erais irisados, deslumbradores, centelleantes, como el color de una sonrisa o el color de un bonito recuerdo. Después de sesudas investigaciones sobre la causa de aquel misterioso resplandor, resultó que cada cebolla tenía dentro, en el mismo corazón (porque también las cebollas tienen su propio corazón), un piedra preciosa. Esta tenía un topacio, la otra un aguamarina, aquella un lapizlázuli, de las más allá una esmeralda … ¡Una verdadera maravilla!

Pero por una incomprensible razón razón se empezó a decir que aquello era peligroso, intolerante, inadecuado y hasta vergonzoso. Total, que las bellísimas cebollas tuvieron que empezar a esconder su piedra preciosa e íntima con capas y más capas, cada vez más oscuras y feas, para disimular cómo eran por dentro. Hasta que empezaron a convertirse en unas cebollas de lo más vulgar.

Pasó entonces por allí un sabio, que gustaba sentarse a la sombra del huerto y sabía tanto que entendía el lenguaje de las cebollas, y empezó a preguntarlas una por una – ¿Por qué no eres como eres por dentro? Y ellas le iban respondiendo: -Me obligaron a ser así… -Me fueron poniendo capas… incluso yo me puse algunas para que no me dijeran…. Algunas cebollas tenían hasta diez capas, y ya ni se acordaban de por qué se pusieron las primeras capas. Y al final el sabio se echó a llorar. Y cuando la gente lo vio llorando, pensó que llorar ante las cebollas era propio de personas muy inteligentes. Por eso todo el mundo sigue llorando cuando una cebolla nos abre su corazón. Y así será hasta el fin del mundo.

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Nasreddin y el derecho a comer


El protagonista de esta historia es Nasreddin, un excéntrico hombre muy sabio conocidonasreddin por todos los que viven en su ciudad, ubicada al sur de Irán, donde existe todavía una gran diferencia social y económica entre ricos y pobres. Nasreddin es muy amable con todo el mundo, y no tiene ningún problema en compartir su sabiduría con los demás. Pero como él es pobre, es muy crítico con los problemas sociales que sufre su ciudad.

En cierta ocasión, Nasreddin fue invitado por un amigo a cenar al palacio más elegante del lugar. Cuando el hombre, montado en su inseparable burro, llegó a las puertas del palacio vestido con sus ropas de siempre, que eran pobres y viejas, por más que protestó y dijo que había sido invitado, los guardias no le dejaron entrar tomándole por un mendigo.

Muy enfadado, pero con el deseo de poder comer bien, pidió prestado al sastre del pueblo una camisa y unos pantalones nuevos. Después se lavó, se peinó y perfumó y se vistió con la ropa nueva. Esta vez, los guardias le hicieron grandes reverencias al llegar, y el dueño del palacio lo instaló en uno de los lugares de honor.Nasreddin2

Cuando empezó a llegar la comida, Nasreddin se dispuso a mojar las mangas de su camisa en cada plato antes de comer, mientras decía:

- Come bonita, come, que está muy rico, anda come…

Todo el mundo allí presente se le quedó mirando. El dueño del palacio se quedó muy extrañado y le preguntó:

- Pero Nasreddin, ¿por qué metes las mangas de la camisa en tu plato?

Y el sabio contestó:

- Puesto que las atenciones que recibo y la comida que se me dan tiene que ver con mi ropa y no con mi persona, creo que es justo que mi ropa pueda también recibir su parte y probar la comida, ¿no es así?

Desde entonces, y después de esta pública lección, el dueño del palacio sintió tanta vergüenza que nunca más se le ha vuelto a negar la entrada a un invitado por el simple hecho de llevar ropas pobres.

Fuente: http://sinalefa2.wordpress.com/

La pequeña tortuguita


(Cuentos Para Niños Que Asisten A Sesiones De Terapia)

La pequeña tortuguita
Había una vez una pequeña tortuguita muy especial de color verde y caparazón chocolate que vivía en el mar profundo de color azul, que le gustaba mucho estar pegadita a su mamá tortuga y su papá tortuga, esta pequeñita tortuguita cuando se separaba de sus padres lloraba mucho, porque pensaba que sus papitos la iban a dejar solita y sentía miedo. Esta pequeña tortuguita muy especial quería mucho a su papá tortuga y también a su mamá tortuga. Ellos vivían felices en el profundo mar azul.
En ocasiones la pequeña tortuguita quería jugar con otras tortuguitas, pero le daba miedo que sus padres se separaran de ella y la dejaran solita. La pequeña tortuguita mira a las demás tortuguitas jugar y divertirse ella se dice me gustaría jugar con ellos pero me da miedo despegarme de mi papa y mama, porque después ellos se pueden ir. Entonces los papas de la pequeña tortuguita se sentían un poco tristes ya que querían ver a la pequeña tortuguita de color verde y caparazón chocolate jugar con otros niños y divertirse.
Los papas de la pequeña tortuguita pensaron llevarla donde el mago galápago de la tierra y para llegar donde el mago deberían salir de la profundidad

del mar y caminar por la tierra para llegar a la cueva del mago galápago.
Los padres de la pequeña tortuguita confiados se aventuraron en tan largo viaje nadaron del profundo mar a la playa donde se encontraron con la área la pequeña tortuguita asombrada miraba y miraba luego pasaron por la playa a un lugar lleno de arboles y luego vieron un hermoso paisaje donde habían diversos animalitos como perritos, pollitos y los padres le dicen a la pequeña tortuguita llegamos donde el gran mago galápago, al verlo de inmediato le pidieron que por favor con sus remedios mágicos y sus estrellas mágicas le quitara el miedo a la pequeña tortuguita, el gran mago le dijo ven pequeña tortuguita y con mis juegos mágicos y estrellas mágicas no vas a tener miedo. La pequeña tortuguita al ver al mago galápago empezó a llorar y sus padres la consolaron diciéndole mira entra con el gran mago galápago nosotros te esperaremos aquí el te ayudara a no tener más miedo, pero la pequeña tortuguita siguió llorando la mama tortuga se puso triste y el papa tortuga también se puso triste el mago galápago la miro y le dijo mira en mi cueva jugare contigo juegos mágicos y al final de cada juego mágico te regalare

una estrella mágica que te ayudara a no tener miedo. Recuerda tus papas estarán allí cuidándote y no permitirán que nada malo te pase.
Los papas de la pequeña tortuguita la miraron y le dijeron ve mi pequeña tortuguita y veras que pronto jugaras con otros niños y no sentirás miedo.
La pequeña tortuguita todavía llorando entro a la cueva del mago galápago y observo muchos juegos mágicos como pequeños muñequitos, lápices, crayolas de colores verde, amarrillo, rojo y sobre todo azul que eran muy divertidos el mago galápago se sentó en el suelo a pintar con ella y los dos jugaron se divertían mucho, la pequeña tortuguita se reía y estaba divirtiéndose, ya que ella no había visto tantos juegos mágicos, al final el mago galápago saca de un cofre una pequeña estrella y le dice a la pequeña tortuguita mira es tuya cada vez que vengas y jugaremos juegos mágicos tendrás una estrella mágica que te ayudara a no tener miedo.
Luego la pequeña tortuguita salió de la cueva vio a su mama y papa tortuga se puso muy contenta y les mostro la estrellita y ellos le dieron muchos besos y abrazos y le dijeron al mago galápago que pronto regresarían por mas estrellas mágicas…
Colorín colorado

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Canción de Cuna. Julie Sopetrán


by acuarela

Del sitio de la poeta…

“La escarcha teje
con un hilo de plata
la manta verde…
El color de la tierra
viste de bruma
Para llevarle al niño
canción de cuna.
El frío del planeta
cala muy hondo;
y en la cocina vieja
ya no hay rescoldo.
La escarcha teje
Con su hilo de plata
la manta verde.
Canción de cuna el sueño
eco sin voces,
añoro aquellos ecos
de los pastores.
Y cuántas cosas, Madre…
canción de cuna
se han quedado perdidas
entre la bruma.
La escarcha teje
un vestido de encaje
para los verdes.
En las noches de invierno
tú me cantabas,
en tus brazos ardían
todas las llamas.
¡Ay! Cuántas mantas
eran primero verdes
y… ¡luego blancas!”

(C)Julie Sopetrán 2000

CUENTO NAVIDEÑO HUMILDE



LA PEQUEÑA ESTRELLA DE NAVIDAD. Pedro Pablo Sacristán

De entre todas las estrellas que brillan en el cielo, siempre había existido una más brillante y bella que las demás. Todos los planetas y estrellas del cielo la contemplaban con admiración, y se preguntaban cuál sería la importante misión que debía cumplir. Y lo mismo hacía la estrella, consciente de su incomparable belleza.

Las dudas se acabaron cuando un grupo de ángeles fue a buscar a la gran estrella: Corre. Ha llegado tu momento, te llaman para encargarte una importante misión. Y ella acudió tan rápido como pudo para enterarse de que debía indicar el lugar en que ocurriría el suceso más importante de la historia.

La estrella se llenó de orgullo, se vistió con sus mejores brillos, y se dispuso a seguir a los ángeles que le indicarían el lugar. Brillaba con tal fuerza y belleza, que podía ser vista desde todos los lugares de la tierra, y hasta un grupo de sabios decidió seguirla, sabedores de que debía indicar algo importante.

Durante días la estrella siguió a los ángeles, indicando el camino, ansiosa por descubrir cómo sería el lugar que iba a iluminar. Pero cuando los ángeles se pararon, y con gran alegría dijeron “Aquí es”, la estrella no lo podía creer. No había ni palacios, ni castillos, ni mansiones, ni oro ni joyas. Sólo un pequeño establo medio abandonado, sucio y maloliente.

- ¡Ah, no! ¡Eso no! ¡Yo no puedo desperdiciar mi brillo y mi belleza alumbrando un lugar como éste! ¡Yo nací para algo más grande! Y aunque los ángeles trataron de calmarla, la furia de la estrella creció y creció, y llegó a juntar tanta soberbia y orgullo en su interior, que comenzó a arder. Y así se consumió en sí misma, desapareciendo.

¡Menudo problema! Tan sólo faltaban unos días para el gran momento, y se habían quedado sin estrella. Los ángeles, presos del pánico, corrieron al Cielo a contar a Dios lo que había ocurrido. Éste, después de meditar durante un momento, les dijo: Buscad y llamad entonces a la más pequeña, a la más humilde y alegre de todas las estrellas que encontréis.

Sorprendidos por el mandato, pero sin dudarlo, porque el Señor solía hacer esas cosas, los ángeles volaron por los cielos en busca de la más diminuta y alegre de las estrellas. Era una estrella pequeñísima, tan pequeña como un granito de arena. Se sabía tan poca cosa, que no daba ninguna importancia a su brillo, y dedicaba todo el tiempo a reír y charlar con sus amigas las estrellas más grandes.

Cuando llegó, este le dijeron: La estrella más perfecta de la creación, la más maravillosa y brillante, me ha fallado por su soberbia. He pensado que tú, la más humilde y alegre de todas las estrellas, serías la indicada para ocupar su lugar y alumbrar el hecho más importante de la historia: el nacimiento del Niño Dios en Belén.

Tanta emoción llenó a nuestra estrellita, y tanta alegría sintió, que ya había llegado a Belén tras los ángeles cuando se dio cuenta de que su brillo era insignificante y que, por más que lo intentara, no era capaz de brillar mucho más que una luciérnaga.

“Claro”, se dijo. “Pero cómo no lo habré pensado antes de aceptar el encargo. ¡Si soy la estrella más pequeña! Es totalmente imposible que yo pueda hacerlo tan bien como aquella gran estrella brillante… ¡Que pena! Mira que ir a desaprovechar una ocasión que envidiarían todas las estrellas del mundo…”.

Entonces pensó de nuevo “todas las estrellas del mundo”. ¡Seguro que estarían encantadas de participar en algo así! Y sin dudarlo, surcó los cielos con un mensaje para todas sus amigas: “El 25 de diciembre, a medianoche, quiero compartir con vosotras la mayor gloria que puede haber para una estrella: ¡alumbrar el nacimiento del Niño Dios! Os espero en el pueblecito de Belén, junto a un pequeño establo.”

Y efectivamente, ninguna de las estrellas rechazó tan generosa invitación. Y tantas y tantas estrellas se juntaron, que entre todas formaron la Estrella de Navidad más bella que se haya visto nunca, aunque a nuestra estrellita ni siquiera se la distinguía entre tanto brillo. Y encantado por su excelente servicio, y en premio por su humildad y generosidad, Dios convirtió a la pequeña mensajera en una preciosa estrella fugaz, y le dio el don de conceder deseos cada vez que alguien viera su bellísima estela brillar en el cielo.

Y Colorín Colorado

La bruja Baba-Yaga


 

Ilustraciones de Ivan Bilibin
Selección de Marcela Carranza
Traducción de Pepín Cascarón


Vivía en otros tiempos un comerciante con su mujer. El hombre enviudó y se volvió a casar, pero de su primer matrimonio le había quedado una niña. La madrastra, envidiosa de la niña, la maltrataba y siempre estaba pensando en cómo deshacerse de ella.

Un día en que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra dijo a la niña:

—Ve a casa de mi hermana y pídele hilo y aguja para hacerte una camisa.

Pero la hermana de la madrastra era la bruja Baba-Yaga pata-de-hueso, y como la niña era muy lista, fue primero a ver a otra tía suya, hermana de su padre.

—Buenos días, tía.

Muy buenos, sobrina querida. ¿Qué te trae por aquí?

—Mi mátushka (1) me ha dicho que vaya a pedir a su hermana hilo y aguja para hacerme una camisa.

La tía le advirtió:

—Allí, un álamo blanco querrá pincharte los ojos: átale un lazo a sus ramas para adornarlo. Habrá un portón que rechinará y se cerrará con estrépito para no dejarte pasar: échale un poco de aceite en los goznes. Los perros te querrán despedazar: tírales un poco de pan. Habrá un gato que intentará arañarte los ojos: dale un pedazo de jamón.

La niña tomó un trozo de pan, aceite, jamón y una cinta, y se marchó a casa de la bruja. Finalmente llegó. Baba-Yaga pata-de-hueso estaba tejiendo.

—Buenos días, tía.

—¿A qué vienes sobrina?

Vengo de parte de mi mátushka a pedirte hilo y aguja para coserme una camisa.

—Está bien. Mientras los busco, siéntate y teje un poco.

Mientras la niña se sentaba ante el telar y se ponía a tejer, la bruja salió de la habitación, llamó a su sirvienta y le dijo:

—Calienta el baño de prisa y lava bien a mi sobrina, porque la quiero de desayuno.

La pobre niña escuchó a Baba-Yaga, y muerta de miedo, cuando la bruja se marchó, le pidió a la sirvienta:

—Por favor, no quemes mucha leña; mejor es que eches agua al fuego y lleves el agua al baño con un colador. Y le regaló un pañuelo.

Luego de un rato, Baba-Yaga, impaciente, se acercó a la ventana y preguntó:

—¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?

—Sí, estoy tejiendo tía.

La bruja se alejó de la cabaña y la niña, aprovechando aquel momento, le dio jamón al gato y le preguntó:

—¿Hay alguna manera de escapar de aquí?

El gato le dijo:

—Sobre la mesa hay un peine y una toalla; tómalos y echa a correr lo más de prisa que puedas, porque la bruja Baba-Yaga correrá tras de ti. De vez en cuando échate al suelo y arrima a él tu oreja, y cuando notes que la bruja está cerca tira al suelo la toalla, que se transformará en un río muy ancho. Si Baba-Yaga lo pasa a nado y te va a dar alcance, arrima otra vez al suelo tu oreja, y cuando notes que está cerca, tira el peine, que se transformará en un bosque frondoso que la bruja no podrá cruzar.

La niña tomó la toalla y el peine, y echó a correr. Los perros quisieron despedazarla, pero ella les tiró un trozo de pan, y los perros la dejaron pasar; el portón quiso cerrarse, pero ella le echó aceite en los goznes, y el portón la dejó pasar; un álamo blanco quiso azotarle los ojos con las ramas, pero ella lo adornó con un lazo, y también el álamo la dejó pasar.

Mientras tanto el gato se sentó al telar y quiso tejer; pero no hacía más que enredar los hilos. La bruja, acercándose a la ventana, preguntó:

—¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?

—Sí, tía, estoy tejiendo —respondió el gato con voz ronca.

Baba-Yaga se precipitó dentro de la cabaña, vio que la niña se había marchado y que el gato la estaba engañando, se puso a pegarle, diciéndole:

—¡Ah, viejo goloso! ¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina? ¡Tu deber era quitarle los ojos y arañarle la cara!

—Llevo mucho tiempo sirviéndote —dijo el gato—, y nunca me has dado ni siquiera un hueso. Ella, en cambio, me dio jamón.

Baba-Yaga arremetió contra los perros, contra el portón, contra el álamo y contra la sirvienta, golpeándolos y regañándolos.

—Te hemos servido muchos años —dijeron los perros—, y nunca nos has dado ni siquiera una corteza de pan quemado. Ella, en cambio, nos dio pan fresco.

—Te he servido mucho tiempo —dijo el portón—, sin que a pesar de mis chirridos me hayas engrasado con sebo. Ella, en cambió, me echó aceite en los goznes.

—Te he servido mucho tiempo —dijo el álamo—, y no me has adornado ni con un hilo. Ella, en cambio, me ha engalanado con una cinta.

—Te he servido mucho tiempo —dijo la sirvienta—, sin que me hayas dado ni quiera un trapo. Ella, en cambio, me regaló un pañuelo.

Baba-Yaga se subió al mortero; arreándole con el mazo y barriendo con la escoba sus huellas, salió en persecución de la niña. Ésta arrimó al suelo su oreja para escuchar y oyó acercarse a la bruja. Tiró al suelo la toalla e inmediatamente se formó un río muy ancho.

Cuando Baba-Yaga llegó a la orilla, hizo rechinar los dientes de rabia, volvió a toda velocidad a su casa, agarró a sus bueyes y los condujo hasta el río. Los bueyes bebieron toda el agua y la bruja continuó la persecución de la muchacha.

La niña arrimó otra vez su oreja al suelo y oyó que Baba-Yaga estaba otra vez muy cerca; arrojó el peine y éste se transformó en un bosque espesísimo y frondoso.

La bruja se puso a roer los troncos de los árboles con sus afilados dientes; pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consiguió, y tuvo que volverse furiosa a su isba (2).

Mientras, el comerciante regresó a su casa y preguntó a su mujer:

—¿Dónde está mi hijita querida?

—Ha ido a ver a su tía —contestó la madrastra.

Al poco rato, con gran sorpresa de la madrastra, regresó la niña.

—¿Dónde has estado? —le preguntó el padre.

—¡Ay, bátiushka! (3) —le contestó—. La mátushka me mandó a casa de su hermana a pedirle hilo y aguja para hacerme una camisa. Pero la tía es la mismísima bruja Baba-Yaga, que quiso comerme.

—¿Cómo has podido escapar de ella, hijita?

La niña le contó todo como había pasado, y cuando el padre se enteró de la maldad de su mujer, la echó de su casa.

El padre y la hija vivieron muchos años felices y contentos, sin que les faltara nada. Yo estuve allí, comí, bebí, el hidromiel me corrió por el bigote, pero no me entró nada en el gañote.


Notas

(1) Mátushka: Madrecita o mamita en ruso. (Definición extraída del “Vocabulario”. En Afanásiev, Alexandr N. Cuentos Populares Rusos. Madrid, Editorial Anaya, 1987.)

(2) Isba o isbá es una típica vivienda campesina rusa; construida con troncos, constituía la residencia habitual de una familia campesina rusa tradicional. Fuente de la información: Wikipedia. La enciclopedia libre.

(3) Bátiushka: Padrecito. Se emplea como tratamiento deferente y expresa sumisión, humildad y vasallaje. (Definición extraída del “Vocabulario”. En Afanásiev, Alexandr N. Cuentos Populares Rusos. Madrid, Editorial Anaya, 1987.)

Fuente: http://www.imaginaria.com.ar/

La planta de Bartolo



por Laura Devetach

 

Ilustración
Ilustración original de Victor Viano para la primera edición de La torre de cubos

El buen Bartolo sembró un día un hermoso cuaderno en un macetón. Lo regó, lo puso al calor del sol, y cuando menos lo esperaba, ¡trácate!, brotó una planta tiernita con hojas de todos colores.

Pronto la plantita comenzó a dar cuadernos. Eran cuadernos hermosísimos, como esos que gustan a los chicos. De tapas duras con muchas hojas muy blancas que invitaban a hacer sumas y restas y dibujitos.

Bartolo palmoteó siete veces de contento y dijo:

—Ahora, ¡todos los chicos tendrán cuadernos!

¡Pobrecitos los chicos del pueblo! Estaban tan caros los cuadernos que las mamás, en lugar de alegrarse porque escribían mucho y los iban terminando, se enojaban y les decían:

—¡Ya terminaste otro cuaderno! ¡Con lo que valen!

Y los pobres chicos no sabían qué hacer.

Bartolo salió a la calle y haciendo bocina con sus enormes manos de tierra gritó:

—¡Chicos!, ¡tengo cuadernos, cuadernos lindos para todos! ¡El que quiera cuadernos nuevos que venga a ver mi planta de cuadernos!

Una bandada de parloteos y murmullos llenó inmediatamente la casita del buen Bartolo y todos los chicos salieron brincando con un cuaderno nuevo debajo del brazo.

Y así pasó que cada vez que acababan uno, Bartolo les daba otro y ellos escribían y aprendían con muchísimo gusto.

Pero, una piedra muy dura vino a caer en medio de la felicidad de Bartolo y los chicos. El Vendedor de Cuadernos se enojó como no sé qué.

Un día, fumando su largo cigarro, fue caminando pesadamente hasta la casa de Bartolo. Golpeó la puerta con sus manos llenas de anillos de oro: ¡Toco toc! ¡Toco toc!

—Bartolo —le dijo con falsa sonrisa atabacada—, vengo a comprarte tu planta de hacer cuadernos. Te daré por ella un tren lleno de chocolate y un millón de pelotitas de colores.

—No —dijo Bartolo mientras comía un rico pedacito de pan.

—¿No? Te daré entonces una bicicleta de oro y doscientos arbolitos de navidad.

—No.

—Un circo con seis payasos, una plaza llena de hamacas y toboganes.

—No.

—Una ciudad llena de caramelos con la luna de naranja.

—No.

—¿Qué querés entonces por tu planta de cuadernos?

—Nada. No la vendo.

—¿Por qué sos así conmigo?

—Porque los cuadernos no son para vender sino para que los chicos trabajen tranquilos.

—Te nombraré Gran Vendedor de Lápices y serás tan rico como yo.

—No.

—Pues entonces —rugió con su gran boca negra de horno—, ¡te quitaré la planta de cuadernos! —y se fue echando humo como la locomotora.

Al rato volvió con los soldaditos azules de la policía.

—¡Sáquenle la planta de cuadernos! —ordenó.

Los soldaditos azules iban a obedecerle cuando llegaron todos los chicos silbando y gritando, y también llegaron los pajaritos y los conejitos.

Todos rodearon con grandes risas al vendedor de cuadernos y cantaron “arroz con leche”, mientras los pajaritos y los conejitos le desprendían los tiradores y le sacaban los pantalones.

Tanto y tanto se rieron los chicos al ver al Vendedor con sus calzoncillos colorados, gritando como un loco, que tuvieron que sentarse a descansar.

—¡Buen negocio en otra parte! —gritó Bartolo secándose los ojos, mientras el Vendedor, tan colorado como sus calzoncillos, se iba a la carrera hacia el lugar solitario donde los vientos van a dormir cuando no trabajan.

Portada del libroCuento extraído, con autorización de su autora, del libro La torre de cubos (Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1985, colección Libros del Malabarista).