Archivo por días: octubre 9, 2007

La Tía Jose


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Tía Jose Rivadeneira tuvo una hija con los ojos grandes como dos lunas, como un deseo. Apenas colocada en su abrazo, todavía húmeda y vacilante, la niña mostró los ojos y algo en las alas de sus labios que parecía pregunta.
-¿Qué quieres saber? -le dijo la tía José jugando a que entendía ese gesto.
Como todas las madres, tía Jose pensó que no había en la historia del mundo una criatura tan hermosa como la suya.

 La deslumbraban el color de su piel, el tamaño de sus pestañas y la placidez con que dormía. Temblaba de orgullo imaginando lo que haría con la sangre y las quimeras que latían en su cuerpo.
Se dedicó a contemplarla con altivez y regocijo durante más de tres semanas. Entonces la inexpugnable vida hizo caer sobre la niña una enfermedad que en cinco horas convirtió su extraordinaria viveza en un sueño extenuado y remoto que parecía llevársela de regreso a la muerte.
Cuando todos sus talentos curativos no lograron mejoría alguna, tía Jose, pálida de terror, la cargó hasta el hospital. Ahí se la quitaron de los brazos y una docena de médicos y enfermeras empezaron a moverse agitados y confundidos en torno a la niña.

 Tía Jose la vió irse tras una puerta que le prohibía la entrada y se dejó caer al suelo incapaz de cargar consigo misma y con aquel dolor como un acantilado.
Ahí la encontró su marido que era un hombre sensato y prudente como los hombres acostumbran fingir que son. Le ayudó a levantarse y la regañó por su falta de cordura y esperanza. Su marido confiaba en la ciencia médica y hablaba de ella como otros hablan de Dios. Por eso lo turbaba la insensatez en que se había colocado su mujer, incapaz de hacer otra cosa que llorar y maldecir al destino.
Aislaron a la niña en una sala de terapia intensiva. Un lugar blanco y limpio al que las madres sólo podían entrar media hora diaria. Entonces se llenaba de oraciones y ruegos. Todas las mujeres persignaban el rostro de sus hijos, les recorrían el cuerpo con estampas y agua bendita, pedían a todo Dios que los dejara vivos. La tía Jose no conseguía sino llegar junto a la cuna donde su hija apenas. respiraba para pedirle: «no te mueras». Después lloraba y lloraba sin secarse los ojos ni moverse hasta que las enfermeras le avisaban que debía salir.
Entonces volvía asentarse en las bancas cercanas a la puerta, con la cabeza sobre las piernas, sin hambre y sin voz rencorosa y arisca, ferviente y desesperada.

 ¿Qué podía hacer? ¿Por qué tenía que vivir su hija? ¿Qué sería bueno ofrecerle a su cuerpo pequeño lleno de agujas y sondas para que le interesara quedarse en este mundo? ¿Qué podría decirle para convencerla de que valía la pena hacer el esfuerzo en vez de morirse?
Una mañana, sin saber la causa, iluminada sólo por los fantasmas de su corazón, se acercó a la niña y empezó a contarle las historias de sus antepasados. Quiénes habían sido, qué mujeres tejieron sus vidas con qué hombres antes de que la boca y el ombligo de su hija se anudaran a ella. De qué estaban hechas, cuántos trabajos habían pasado, qué penas y jolgorios traía ella como herencia. Quiénes sembraron con intrepidez y fantasías la vida que le tocaba prolongar.
Durante muchos días recordó, imaginó, inventó. Cada minuto de cada hora disponible habló sin tregua en el oído de Su hija.

Por fin, al atardecer de un jueves, mientras contaba implacable alguna historia, su hija abrió los ojos y la miró ávida y desafiante, como sería el resto de su larga existencia.
El marido de tía Jose dio las gracias a los médicos, los médicos dieron gracias a los adelantos de su ciencia, la tía abrazó a su niña y salió del hospital sin decir una palabra. Sólo ella sabía a quiénes agradecer la vida de su hija. Sólo ella supo siempre que ninguna ciencia fue capaz de mover tanto, como la escondida en los ásperos y sutiles hallazgos de otras mujeres con los ojos grandes.”

de Ángeles Mastretta

Repertorio: Maryta Berenguer

La polilla y el saco azul


 

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Imagen: www.educared.org.ar

Existió hace mucho un poeta en Bagdad.
Su nombre era Mulaj Edén y ante personas desconocidas era muy tímido, tanto que se ponía colorado. Descubrió que podía evitar el ponerse colorado si hacía control mental. Solía caminar por la calle pensando “No me pongo colorado, no me pongo colorado, ni parado ni acostado, no me pongo, no me pongo, no me pongo colorado”.
Se concentraba tanto en el control mental, que no saludaba a nadie.—Ahí va el petulante de Mulaj Edén, quién se creerá que es, siempre tan arrogante —comentaban las señoras al verlo pasar, ignorando que estaba haciendo fuerza para no ponerse colorado.

Era un poeta de gran vocación. Sus poemas no le gustaban a nadie, y eso hacía más firme su voluntad y más clara su vocación. Cuando recitaba poemas se olvidaba de todo: de que era vergonzoso y de que sus poemas no le gustaban a nadie y hasta de hacer control mental para no ponerse colorado, aunque también se olvidaba de ponerse colorado.

En general, la gente entiende que la poesía habla de las flores, del otoño y del amor, así que consideran buen poeta a cualquiera que diga: “En el otoño, retoños no crecen.
En la primavera,las flores florecen.”

Otros poetas recitan cosas así: “Bella es la arena al sol cuando esconde una flor.
Si me das un beso, yo te doy mi corazón.”
Y la gente aplaude y dice: —¡Qué fino! ¡Qué inspirado!Y hasta algunas señoras opinan:—Ay, qué buen novio para la nena un poeta así. Pero Mulaj Edén escribía poesía diferente, escuchen: “Harta, juega a cartas, bate la pancarta, corre y bate sus marcas.
Llega a Pandemonium, la ciudad de los demonios.
En su ausencia, a la florucanta se la comió el ratonitum sin decencia. Tomó Stramonium.
Y se nubló, no hay solarium.
Qué lunario, dijo el canario cuando se lo comió el tiranosaurio.”

Después de entonar versos con este contenido, mucha gente fruncía la nariz, los señores más nerviosos sufrían picos de presión y la mayoría del público se retiraba indignado de la sala.

Cierta vez, hasta recibió un carterazo de la esposa del califa Heropás, que era más buena que la sopa de verduras.Él insistió con declamar sus versos en público y anunciaba sus recitales con el título de:La Poesía del Futuro Pero no iba nadie.

Mulaj Edén lo encontró muy lógico: “Van a venir en el futuro”, se consolaba, convencido.Mulaj Edén no se rindió.Organizó reuniones en su casa que llamó orgullosamente: Las mil y una noches con Mulaj Edén

A la primera noche asistieron su mujer y unas amigas, que antes de terminar la función ya no eran más amigas.Temerosa de perder a sus relaciones para siempre, la mujer le prohibió recitar las mil noches siguientes.

Como Mulaj Edén protestó, ella fue más estricta todavía: le juró que no lo dejaría escribir mientras viviera. —¡No soy tu mula, Mulaj! —le dijo la esposa a Mulaj.Desde ese día, cada vez que Mulaj Edén ponía cara de poeta, la mujer cantaba operetas con voz aguda, rompía vidrios o le gritaba al oído:—¡Leruleru teruteru! ¡Leruleru carpinteru! ¡Leruleruleruleruleruleru!Mulaj Edén terminó escribiendo dentro de un armario, oculto en su propia casa, a altas horas de la noche, cuando su mujer y los ciudadanos de Bagdad dormían.

Alumbrado por una vela que se derretía apurada (quería apagarse pronto la vela y adivinen por qué: no le gustaban los versos de Mulaj) escribió poemas maravillosos a la polilla del saco azul, como el siguiente: “Vepeopo upunapa linpindapa popolipillapa lapa upunipicapa quepe dapa bopolipillapa.”

La traducción a nuestro idioma sería: “Veo una linda polilla,la única que me da bolilla.” Dicen que un día el poeta de Bagdad le pidió al hada de Bagdad que lo convirtiera en polilla macho. Cuando Mulaj Edén se hizo polilla, no se olvidó que de hombre fue poeta, así que continuó recitando grandes obras, todas dedicadas a la polilla del saco azul, que aceptó su propuesta de casarse.

Y vivieron con tal delicia, que se comieron hasta las camisas.

Autor: Franco Vacarini 

Repertorio: Maryta Berenguer 

NUNCA ES TARDE…


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Imagen: http://isabelquiroz.files.wordpress.com

 

NUNCA ES TARDE PARA SENTIRSE PLENAMENTE VIVO.

Abra su corazón y experimente la profunda alegría de vivir en armonía.Por favor, deténgase. Deje de correr.

No importa que no nos conozcamos. Siéntese. No se asuste. Sé que la espiritualidad no le interesa, porque me lo acaba de decir.

No importa. La vida nos está regalando la oportunidad de compartir un instante. Puede que le resulte extraño.

Lo comprendo. En unos momentos sabremos por qué el destino cruzó nuestros caminos. Aprenda a confiar.

Respire profundo. Sienta la vida. Su universo y el mío son convocados a un mágico encuentro. Si considera que hablando desahogará su tensión, lo escucho…

Tiene razón. No está acostumbrado a que lo pare un desconocido por la calle y le pida que se siente a dialogar. Estamos viviendo tiempos raros, ¿no? Podría robarle o intentar golpearlo si estuviese resentido por mi mala suerte. Quédese tranquilo, mi locura es sana. Sé que mis comportamientos son atípicos, pero disfruto abriendo mi corazón.

No se aleje. La sensibilidad no tiene que ver con asuntos sexuales. No se deje confundir por la mente. Abra también su corazón y podremos hablar el mismo lenguaje. Nos comunicaremos más allá de las palabras.

¿Cree que será me-nos hombre por eso? Sentir es lo que impide que veamos al otro como un medio para alcanzar nuestros fines, es lo que nos impulsa a renovar la confianza en que nunca es tarde para empezar de nuevo, es lo que facilita que el amor brote sin pausas y la esperanza siga latiendo.

Espere. No se vaya. Aunque corra más rápido el día no le alcanzará. La sensación de aceleración que está experimentando no se debe a que esté envejeciendo. Pregúntele a los jóvenes, comparten la misma impresión.

El día se acortó para todos. Por más que en cada jornada el reloj marque igual cantidad de minutos, la sensación es que el día tiene sólo 16 horas, por eso nunca nos alcanza. Busque en internet sobre la resonancia Schumann y entenderá lo que le digo. Quizás descubra que no corre porque esté apurado, sino porque siente que la vida se le escapa.

Míreme a los ojos. Preste atención. Escúcheme con todo su ser: si siente que la vida se le esfuma, ¿por qué sigue negándose a cumplir con sus anhelos más profundos?. Las limitaciones están dentro nuestro. Deje de jugar al pobre de mí. Crezca. Asuma su poder co-creador. Llame de regreso a la voluntad y a la actitud positiva, dígales que no está dispuesto a dejar morir sus sueños. Anúncieles que está de pié y con la firme determinación de emprender su obra más preciada, ser feliz. Así me gusta… Sus ojos están brillando. Su rostro se ilumina. Un ángel le está dibujan-do una cálida sonrisa, déjesela para siempre. Sienta la tibieza de sus lágrimas. Relájese. Experimente la sanación de su cuerpo emocional.

Ahora lo sabe. No era difícil. Sólo tenía que animarse a cambiar. ¿Vio que no perdió su hombría por abrir el corazón? Sí, sonría, usted ya no es el mismo. Acaba de renacer. Agradezco la oportunidad de presenciar la transformación de un hombre en un HOMBRE. De ahora en más, a donde quiera que vaya, marcará la diferencia. Su vibración ayudará que otros anhelen vivir en paz y comprendan la importancia de sentirse en armonía.

Aunque le cueste asimilarlo, este encuentro no fue casual. Nada está librado al azar. La sincronicidad agendó esta cita. La vida quería enseñarle que la espiritualidad no consiste en vestirse de blanco, saber recitar un mantra o en decir de memoria una oración religiosa, sino en abrir el corazón para sentir.

Vuelvo a agradecer. Ser testigo de la luz que libera el espíritu cuando vuela renueva mi confianza en la existencia.

No lo demoro más. Ojalá dentro de muy poco lo vea, sentado en este mismo banco de la plaza, hablando con un desconocido. Quiera Dios que se atreva a dar el paso que marcó la diferencia.

Ahora comprendo mi enseñanza. ¿Quiere saber cuál fue el paso? El que hizo que me acercara a usted, movido por mi corazón, venciendo mis temo-res y prejuicios. Para todos comienza un nuevo año, para usted comienza la vida. Gracias por ayudarme a crecer. Siempre recordaré este mágico encuentro.

Visita:www.proyecto-despertar.com.ar

Fuente: Angelesamor