El viejito que se robó la luna


  Imagen: Oscar Villán

Un día, frente a la placita de mi casa vi a un señor de barba blanca, petiso y panzón que miraba el cielo y anotaba algo en un papel. Me acerqué para saber qué hacía.

 

– Me llamo Buoner. Soy profesor – me dijo, mientras escribía.

 

– Yo me llamo Walter,  ¿Por qué mira el cielo, profesor?

 

– Porque soy astrólogo. Estudio la posición de las estrellas, pero mi especialidad es la Luna- susurró con un tono misterioso, mientras miraba una luna casi transparente a esa hora del día.

 

– ¿Me deja mirar el cielo  con usted ?- le pregunté.

 

El profesor se rió y me dijo que por supuesto. Como no decía más nada, me quedé callado un ratito. Pero después no pude con mi genio.

 

– Y ¿Qué pasa con la Luna?

 

– ¿Qué Luna? – exclamó distraído.

 

– Luna hay una sola.

 

– No te creas- me contestó, sumergido en sus anotaciones.

 

Antes de irse, enrolló el papel, guardó la lapicera y se despidió con una sonrisa.

 

Era el mes de abril. La planta de moras se iba quedando sin hojas frente a la puerta de casa. Yo siempre miraba a la plaza para ver si aparecía el viejito. Al fin un día volvió, con unos pantalones azules, como los que usan los jardineros.

 

– Hola, Walter.

 

¡Se acordaba mi nombre! Eso me hizo sentir con derecho a hacerle todas las preguntas que se me ocurrieran. El profesor tuvo mucha paciencia y me habló de un invento que él quería probar esa noche.

 

– Esta noche voy a robarme la Luna

 

– ¡ Nadie puede robarse la Luna!- repliqué.

 

El viejito estaba loco, pero era divertido.

 

– Esta noche a las diez, te espero al lado del charco que hay en la canchita de fútbol. Si venís, serás el único testigo.

 

Pasé el resto del día armando y desarmando planes para salir  de casa a semejante hora. Mamá no iba a dejarme salir solo, menos papá. A último momento se me ocurrió una idea.

 

– Mami, te olvidaste de sacar la basura.

 

– Ay, qué cabeza la mía!. ¿ No me harías el favor de sacarla ?

 

Papá estaba en su cuarto mirando televisión. Feliz de la vida, salí a la vereda, dejé la bolsa pegada al tronco de la morera y crucé hasta la plaza.

 

El viejito tenía un aspecto ceremonioso.

 

– Muy bien, has sido puntual, Walter.

 

Sobre el pasto, vi dos espejos raros, de   marcos gruesos y pesados.

 

Buoner tomó uno de los espejos y lo empujó bajo el agua del charco. La luna se reflejaba en el agua y en el espejo. El agua se estremeció, como si tuviera frío.

 

– Ahora viene el momento más importante- dijo.

 

Y encima del espejo sumergido puso el otro, pero con el vidrio hacia abajo, de tal forma que desapareció el reflejo de la luna.

 

Noté que había oscurecido de pronto. Miré hacia arriba y la hermosa luna llena  del cielo, era apenas un manchón negro. Me asusté tanto que dejé al profesor Buoner hablando solo.

 

– No te asustes, luego vendrá otra. ¡ No es cierto que hay una sola! Cada día la Luna es distinta.

 

Crucé la calle, entré a casa, iba a gritar, pero entonces recordé que podían retarme por hablar con un desconocido a las diez de la noche. “Ya se darán cuenta”, pensé. Enseguida vino papá diciendo que se estaba produciendo el último eclipse lunar del siglo, que la luna había desaparecido oculta por la sombra de la Tierra. Me callé la boca, me mordí la lengua. No quería discutir con papá. ¡El profesor Buoner se había robado la Luna, má que eclipse ni eclipse!

 

 Sin embargo, a la noche siguiente la Luna apareció de lo más campante por el cielo. No sabía si creer en la teoría del eclipse, o si el viejito había liberado a la Luna, o si era una Luna de reemplazo. A veces creo más en el viejito, a veces en mi papá.
Autor: Franco Vaccarini
 

Fuente: 7 Calderos Mágicos

 

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