Un calidocuento


 

paloma

El viejo Valce  no podía dormir. Tenía  miedo de no volver  a despertar.

Más de una vez había  pensado en visitar al Oráculo, pero el mismo miedo le impedía tomar la decisión de acudir a su cueva  en busca de lo que imaginaba que iba a ser una sentencia de muerte.

Una tarde de otoño, Valce andaba recogiendo moras y escaramujos en la ladera de Ciova, la pequeña colina en cuya cima dormitaba  el Oráculo aguardando aburrido la visita de algún viajero  atrevido.

Aunque a menudo algún alma acongojada  merodeaba por los alrededores disimulando sus verdaderas intenciones,  pocos osaban acercarse a él.
El Oráculo era terriblemente  certero en sus predicciones,  y el miedo a saber paralizaba  los pies de los visitantes y les obligaba a dar la vuelta cargados con el peso de la duda.

Como decía,  el viejo Valce  andaba recogiendo frutos de otoño en la ladera de Ciova cuando algo llamó poderosamente su atención. Una paloma blanca revoloteaba  en el suelo intentando alzar el vuelo. Valce se acercó a ella con la intención de atraparla. La llevaría  a casa,  pensó, y enseñaría  a sus nietos cómo curar el ala herida de un pájaro.

Pero la paloma no tenía  intención de dejarse atrapar. Cada vez que Valce se inclinaba para cogerla,  correteaba  alejándose de él. Con la vista fija en sus movimientos y absorto en el deseo de alcanzarla,  el anciano se encontró de pronto ante la entrada de una cueva,  y aunque nunca había estado allí supo de inmediato que se trataba de la guarida del Oráculo.
Y se quedó paralizado al ver  a la paloma introducirse en la tenebrosa oscuridad.

 

El viejo estaba muy cansado, y seguramente esa es la razón por la que no salió huyendo al escuchar un imperativo ¡Quién anda ahí! Esperó en silencio, con las rodillas temblando, hasta que una imponente figura surgió de la cueva y le miró fijamente con una ceja enarcada.  Valce  respiró con agitación,  pero no podía pronunciar palabra.

-¿Qué te ha traído hasta aquí,  viejo miedoso? –dijo el Oráculo- ¿Ha sido el miedo o el amor a la vida? ¿O tal vez ambas cosas?

El anciano asintió porque era lo único que podía hacer,  aunque aquello no fuera exactamente una respuesta. La espesa ceja izquierda del Oráculo descendió lentamente,  y empezó a ascender la ceja derecha.

-Escucha con atención, voy a decirte lo que necesitas saber. Cada noche, cuando te vayas a dormir, te visitará el miedo. Pero llegará una noche sin miedo. Esa noche te dormirás totalmente  confiado. Y no volverás  a despertar.

 

-Gracias –contestó Valce  sin saber exactamente  porqué. Y se disponía a darse la vuelta para descender de nuevo la colina,  pensando en que ya meditaría  en el significado de aquellas palabras cuando se encontrara en casa tranquilamente.
Pero el Oráculo lo detuvo con un gesto y se introdujo de nuevo en la cueva  para volver a salir sosteniendo entre las manos la paloma,  que parecía  muy débil y cabeceaba  suavemente.

-¿No es esto lo que estabas buscando? Procura que no se te escape esta vez.

¿Cómo que esta vez? Pensó el anciano mientras se alejaba  descendiendo con cuidado la colina. ¿Y dónde he olvidado la cesta con la fruta? De todos  modos tendré que dejarla por aquí, necesito las dos manos para llevar la paloma.

Cuando Valce llegó a casa estuvo ocupado enseñando a los niños cómo construir una gran jaula de juncos para proteger  y alimentar a la paloma mientras se recuperaba.  No habían encontrado  daño alguno en sus alas, y todos se preguntaban cuál era la razón por la que no podía volar.

Llegó la noche y el anciano se tendió en la cama, y de nuevo le asaltó el miedo a no despertarse  más. Pero esta vez el miedo fue bien recibido.
¡Ah, estás aquí!, pensó Valce,  eso significa que esta noche viviré y mañana podré besar a mis nietos. Y se durmió tranquilamente  sin volver a pensar en el asunto.

La paloma fue animándose poco a poco. Y también  Valce,  que se había acostumbrado  a recibir al miedo como a un amigo. Ya no encadenaba  sus pensamientos ni  encogía  su corazón.  Al contrario, su aparición lo liberaba,  y las noches de Valce  se fueron convirtiendo en paraísos, porque la oscuridad y el silencio le desvelaban  misterios maravillosos.

Llegó el día en que la paloma, que ya aleteaba  con fuerza en el interior de la jaula, había  de ser liberada. Los niños estaban nerviosos y expectantes,  pero siguieron las instrucciones del abuelo,  y aguardaron muy quietos y en silencio cuando éste abrió con cuidado la pequeña puerta. Tal vez  por eso fue tan grande su alegría cuando la vieron alzar el vuelo,  dibujando círculos en el cielo con sus alas blancas como la nieve.

Todos empezaron a corretear  y a dar saltos, todos menos Adamir,  el más pequeño,  que se acercó al anciano para tomar su mano.

-¿Porqué lloras, abuelo? ¿No estás contento? –dijo contemplando las lágrimas que recorrían  suavemente  su rostro.

-Claro que sí, estoy muy contento –contestó el anciano-  este llanto es de alegría.

-¿Por la paloma? –preguntó el pequeño sonriendo.

-Sí, por la paloma… y porque ahora recuerdo que anoche,  pensando en ella,  me olvidé de tener miedo. Y sin embargo…  desperté.
 

Laura M. Mirón 
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